martes, 15 de septiembre de 2015

Escola de pais

Compartimos aquí un artigo moi interesante para reflexionar sobre a labor dos pais e nais na educación dos fillos/as.
A versión orixinal deste artigo apareceu en karikampakis.com e foi traducido ao español por Marina Velasco Serrano.

10 errores comunes que cometemos los padres de hoy en día

Cuando iba a ser mamá por primera vez, me dieron un montón de consejos. Pero, hasta hace unos pocos años, no hubo nadie que me comentara que querer a un niño significa querer lo mejor para él a largo plazo.

Cuando mis cuatro hijas eran pequeñas, el largo plazo no entraba en mis planes. Lo único que importaba era sobrevivir, cubrir las necesidades diarias y evitar que nos llegara el agua al cuello.

Sin embargo, ahora que mis hijas están madurando, parece que la niebla va despejándose. Ya no soy una advenediza, sino una adoctrinada más del club. Lo bueno que tiene esta fase es que mis hijas ahora quieren pasar más tiempo conmigo. Tenemos conversaciones reales que revelan una personalidad poderosa. Lo de que duerman toda la noche del tirón también ayuda. Puedo pensar las cosas con coherencia y tomar mejores decisiones sobre su educación.

Ahora, tengo más en cuenta la idea de a largo plazo. Pienso en el tipo de personas adultas en las que espero que mis hijas se conviertan, y para eso, siempre me pregunto: "¿Qué puedo hacer hoy para fomentarlo?". Ser consciente de su futuro ha cambiado mi paradigma como madre, porque lo que hacía felices a mis hijas cuando tenían 10 o 15 años no es exactamente lo mismo que las hará felices con 25, 30 o 40 años.

Hace tiempo, me topé con algunos artículos y libros interesantes que examinaban lo que los psicólogos observan en la actualidad: cada vez más veinteañeros están deprimidos y no saben por qué. Estos jóvenes adultos afirman que su infancia fue espectacular. Sus padres son sus mejores amigos. Nunca han experimentado una tragedia en sus vidas ni nada que se salga de cualquier decepción habitual. Pero, por alguna razón, son infelices.

Una de las razones que se dan es que los padres de hoy en día se precipitan enseguida. No queremos que nuestros hijos se caigan, por lo que, en vez de dejarles que experimenten la adversidad, les allanamos el camino. Apartamos cualquier obstáculo con tal de hacerles la vida más fácil. En cambio, la adversidad forma parte de la vida, y nuestros hijos tendrán que enfrentarse a ella si queremos que desarrollen habilidades que serán necesarias para que continúen su camino. Así que, aunque parece que les estemos haciendo un favor, en realidad les estamos obstaculizando el camino, su crecimiento. Estamos anteponiendo las recompensas a corto plazo sobre el bienestar a largo plazo.

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"Tus hijos no tendrán éxito gracias a lo que hayas hecho por ellos, sino gracias a lo que les hayas enseñado a hacer por sí mismos". Ann Landers

En un artículo se menciona que muchos decanos utilizan el apodo de "tazas de café" (por su fragilidad ante cualquier contratiempo) para referirse a los chicos recién llegados a la universidad. La pregunta es la siguiente: "¿Acaso estamos impidiendo que nuestros hijos sean felices de mayores por el hecho de protegerles de la infelicidad cuando son pequeños?".

Esta es la respuesta del psiquiatra Paul Bohn:

Muchos padres hacen lo que sea con tal de evitar que sus hijos sufran cualquier tipo de incomodidad, ansiedad o decepción; cualquier cosa poco agradable. Y, como consecuencia, cuando se hacen adultos y experimentan las frustraciones normales de la vida, piensan que el mundo se les viene encima, que hay algo que va mal, muy mal.

Estoy compartiendo esta información con vosotros porque creo que tiene mucha relevancia en esta época de sobreprotección parental. Aunque me parece muy bien que los padres de hoy en día se impliquen más en la vida de sus hijos, esta implicación no debería extralimitarse. Lo que a veces se define como señal de ser buen padre puede resultar nocivo para nuestros hijos cuando pase un tiempo. Es necesario que seamos conscientes de ello; si no, estaríamos complicando sus vidas aunque nuestro fin sea justo lo contrario.

Mi filosofía favorita sobre la paternidad dice así: "Prepara a tu hijo para el camino, no el camino para tu hijo".

Dicho esto, he elaborado una lista con los diez errores más comunes que cometen los padres en la actualidad (incluyéndome a mí). No tengo la intención de señalar con el dedo a nadie, sino de que la gente tome conciencia. Lo que se inculca en nuestra cultura no siempre es lo mejor para nuestros hijos.

Error nº 10: Adorar a nuestros hijos. Muchos de nosotros vivimos en comunidades que se desviven por los hijos. Los estamos criando en hogares completamente centrados en ellos. A nuestros hijos les encanta, claro está, porque nuestras vidas giran en torno a ellos. A la mayoría de nosotros tampoco nos importa, porque su felicidad es la nuestra. Nos entusiasma hacer cualquier cosa por ellos, comprarles cosas, cubrirles de amor y de atenciones.

No obstante, creo que es importante tener en cuenta que nuestros hijos han sido creados para ser amados, no idolatrados. Por tanto, cuando les tratamos como si fueran el centro del universo, creamos un falso ídolo. En vez de un hogar centrado en los niños, deberíamos intentar centrarnos más en el amor. Así, nuestros hijos se sentirán queridos, pero entenderán que en el amor, el altruismo va por encima del egoísmo.

Error nº 9: Creer que nuestros hijos son perfectos. Una cosa que suelo oír de los profesionales que trabajan con niños (orientadores o maestros) es que los padres de hoy en día no quieren oír nada negativo sobre sus hijos. Cuando se menciona la palabra preocupación, o problema, la reacción suele ser atacar al mensajero.

La verdad a veces duele, pero cuando escuchamos con la mente y el corazón abiertos, nos mostramos dispuestos a mejorar. Así, podremos intervenir antes de que la situación se nos vaya de las manos. Es más fácil tratar a un niño problemático que reparar a un adulto destrozado.

Una psiquiatra del centro médico Children's of Alabama me contó hace poco que en la depresión adolescente, resulta clave intervenir con rapidez, puesto que se puede actuar sobre la trayectoria de la vida de un niño. También me dijo que este es el motivo por el que disfruta de la terapia de niños y adolescentes, pues los niños son resilientes, y es mucho más fácil intervenir de forma efectiva cuando aún son jóvenes, ya que cuando el problema continúa durante muchos años se incorpora como parte de la identidad de la persona.

Error nº 8: Vivir a través de nuestros hijos. Los padres nos sentimos muy orgullosos de nuestros hijos. Cuando consiguen algo, nos hace más felices que si lo hubiéramos conseguido nosotros mismos.

Lo cierto es que si nos implicamos demasiado en sus vidas, nos resultará más complicado ver dónde acaban ellos y dónde empezamos nosotros. Cuando nuestros hijos se convierten en una extensión de nosotros, puede que los veamos como nuestra segunda oportunidad. Pero, no se trata de ellos, sino de nosotros. Llega un momento en el que su felicidad empieza a confundirse con la nuestra.

Error nº 7: Tratar de ser el mejor amigo de nuestro hijo. Cuando le pregunté a un sacerdote cuál era el mayor error que cometen los padres, estuvo pensándolo un momento y luego contestó: "El problema ocurre cuando los padres dejan de ser padres y no son capaces de asumir sus responsabilidades, aunque a veces cueste".

Como todo el mundo, quiero que mis hijos me quieran. Quiero que reconozcan mis méritos y me tengan cariño. Pero si quiero hacer bien mi trabajo, tengo que aceptar que se enfaden y que a veces no les gusten mis decisiones. Pondrán los ojos en blanco, se quejarán y desearán haber nacido en otra familia.

Pero, tratar de ser el mejor amigo de tu hijo solo puede llevar a una permisividad excesiva, y a que tomes decisiones desesperadas por temor a no contar con su aprobación. Esto no es amor, sino necesidad.

Error nº 6: Entrar en una competición por ser el mejor padre. Todos los padres llevan algo de competitividad en las venas. Lo único que necesitan para despertar al monstruo es que otro padre ponga a su hijo por encima del tuyo.

He oído muchas historias de este tipo que tienen lugar en patios de colegio; historias de amistades rotas y traiciones en las que se entrometieron familias completas y la cosa acabó mal. En mi opinión, el origen se encuentra en el miedo. Tememos que nuestros hijos se queden aparte. Tenemos miedo de que, si no nos ponemos serios e intervenimos para pararle los pies a cualquiera, se sumirán en la mediocridad para el resto de su vida.

Creo que los niños tienen que esforzarse y entender que los sueños no se cumplen así como así, que para ello tienen que trabajar y luchar. No obstante, si fomentamos una actitud de ganar cueste lo que cueste y les permitimos que empujen a otros niños para conseguir ser los primeros, la cosa se nos está yendo de las manos.

Es verdad que en la adolescencia el carácter no nos parece tan importante; en cambio, cuando somos adultos, el carácter lo es todo.

Error nº 5: Olvidarnos de lo maravilloso que es ser niño. El otro día descubrí una pegatina de Tarta de Fresa en el fregadero, lo que me hizo recordar la alegría de vivir con niños.

Llegará un día en que deje de haber pegatinas en el fregadero. Ya no habrá Barbies en la bañera, ni muñecas en mi cama, ni Mary Poppins en el DVD. Las ventanas estarán limpias, sin huellas, y la casa estará tranquila porque mis hijas saldrán con sus amigos en vez de quedarse en el nido.

Criar a niños pequeños puede ser un trabajo duro y monótono. A veces, es tan agotador física y emocionalmente que nos encantaría que se hicieran mayores cuanto antes. Por otra parte, también tenemos curiosidad por saber cómo será su crecimiento. ¿Cuáles serán sus pasiones? Como padres, esperamos poder descubrir sus dones, para saber aprovechar sus puntos fuertes y animarles a que sigan por la buena dirección.

Pero, cuando proyectamos su futuro, y nos preguntamos si ese gusto por el arte le convertirá en Picasso, o si su voz melodiosa hará de ella una Taylor Swift, podemos llegar a olvidarnos de disfrutar de lo realmente bueno: los cuentos de antes de dormir, los pijamas de una sola pieza, las cosquillas en la tripa y los gritos de alegría. A veces, nos olvidamos de dejar que nuestros hijos se comporten como niños y disfruten de su infancia.

La presión sobre los niños comienza demasiado pronto. Si queremos echar una mano a nuestros hijos, tenemos que protegerles de estas presiones. Hay que dejar que disfruten y crezcan a su propio ritmo, así que, en primer lugar, deben explorar sus intereses sin miedo al fracaso y, en segundo lugar, no tienen que sentirse agobiados.

La infancia es un momento de juegos y de descubrimientos. Cuando metemos prisa a los niños, les estamos robando una etapa inocente por la que nunca volverán a pasar.

Error nº 4: Criar al hijo que queremos, y no al que tenemos. Como padres, nos creamos una imagen propia de nuestros hijos. Esta imagen comienza a confeccionarse en el momento del embarazo, antes incluso de saber el sexo del bebé. En secreto, deseamos que el niño se parezca a nosotros, pero un poco más inteligente y con más talento. Queremos ser su ejemplo, y modelar su vida siguiendo el patrón de la nuestra.

Sin embargo, los niños suelen seguir su propio modelo y, además, desconfiguran los nuestros. Al final, son como nunca los imaginamos. Nuestro trabajo consiste en descubrir sus dones innatos, y en tratar de guiarlos por el buen camino. Ante todo, inculcarles nuestros propios sueños no va a funcionar. Solo si entendemos quiénes y cómo son, podremos tener un impacto en sus vidas.

Error nº 3: Olvidar que los hechos pesan más que las palabras. A veces, cuando mis hijas me preguntan algo, me dicen: "Por favor, responde en una frase". Me conocen bien, y saben que aprovecho cualquier lección de la vida diaria y la convierto en un momento de aprendizaje. Quiero que tengan sabiduría, pero de lo que a veces me olvido es de que mis ejemplos ensombrecen mis palabras.

Cómo respondo al rechazo y a la adversidad... Cómo trato a mis amigos y a los desconocidos... Si me peleo con su padre o si nos apoyamos mutuamente... Ellas se dan cuenta de todas estas cosas. Y mi actitud les da permiso para comportarse de la misma manera.

Si quiero que mis hijas sean maravillosas, yo también tengo que aspirar a lo mismo. Tengo que ser la persona que espero que sean ellas.

Error nº 2: Juzgar a otros padres... y a sus hijos. Independientemente de lo mucho que difieras en la forma de educar que tienen otros padres, no es tu misión juzgarlos. Nadie es completamente bueno ni completamente malo; todos somos un poco de todo, todos luchamos contra nuestros propios demonios.

Personalmente, tiendo a ser más benevolente con otros padres cuando yo lo estoy pasando mal. En los momentos en que los niños me lo ponen difícil, entiendo el comportamiento de muchos padres.

Nunca sabemos por lo que alguien está pasando, ni cuándo nos veremos en una situación parecida. Aunque, en ocasiones, no podamos evitar tener nuestros prejuicios, deberíamos controlarlos y tratar de entender a la otra persona en lugar de llegar a conclusiones precipitadas.

Error nº 1: Subestimar el CARÁCTER. Si hay una cosa que espero hacer bien con mis hijos es conseguir que tengan un buen CORAZÓN. El carácter, la fibra moral y una brújula interna son los cimientos que forman la base para un futuro feliz y saludable. Esto es más importante que cualquier boletín de notas o que cualquier trofeo que ganen.

Nadie puede exigir un carácter concreto a sus hijos, y más teniendo en cuenta que el carácter no significa mucho a la edad de 10 o de 15 años. Los niños a esa edad se preocupan por las recompensas a corto plazo, pero nosotros, como padres, conocemos mejor la historia. Sabemos que lo importante con 25, 30 o 40 años no es lo largo que lanzaste una vez un balón o si fuiste animadora, sino cómo tratas a los demás y qué piensas de ti mismo. Si queremos fomentar el carácter, la confianza, la fuerza y la resiliencia, tenemos que dejar que los niños se enfrenten a las adversidades y que experimenten el orgullo que se siente al salir reforzado de una situación difícil.

Es complicado ver a nuestros hijos caer, pero a veces es necesario. En ocasiones, hay que preguntarse si intervenir se encuentra entre las mejores opciones. Hay un millón de formas de amar a nuestros hijos, pero, a la hora de buscar su felicidad, conviene ser conscientes de que a veces la pena a corto plazo será recompensada con creces por los beneficios en el futuro.




10 Common Mistakes Parents Today Make (Me Included)
When I became a mom, I got lots of advice on how to love my child. But not until a few years ago did someone actually point out that loving a child means wanting what’s best for them long-term.

When my girls were young, long-term didn’t resonate with me. Back then it was about survival, meeting daily needs and keeping my head above water. There are several years that remain a blur, and only when I see old pictures and videos do memories get triggered.mom7 copy 4

But now that my kids are maturing, the fog is lifting. I’m no longer a pledge of parenting, but rather an indoctrinated member. The perks of this stage is that my kids want to spend time with me. We have real conversations that reveal their beautiful personalities. With everyone sleeping through the night, I’m sleeping better, too. I can think coherently and be more intentional in how I raise them.

These days, I put more thought into long-term. I think about the kind of adults I hope my children will be and work backward to ask, “What can I do today to foster that?” Being mindful of their future has changed my parenting paradigm, because what makes my children happy at age 10 or 15 is somewhat different than what will make them happy at age 25, 30, 40, and beyond.

A while back I came across some interesting articles and books that dig into what psychologists today are seeing: a record number of 20-somethings who are depressed and don’t know why. These young adults claim they had magical childhoods. Their parents are their best friends. They never experienced tragedy or anything more than normal disappointments. Yet for some reason, they’re unhappy.

One reason given is that parents today are too quick to swoop in. We don’t want our children to fall, so instead of letting them experience adversity, we clear the path. We remove obstacles to make their life easy. But adversity is a part of life, and only by facing it can our children build life-coping skills they’ll need down the road. So while it seems like we’re doing them a favor, we’re really stunting their growth. We’re putting short-term payoffs over long-term well-being.

In one article, college deans reported large numbers of incoming freshmen they call “teacups” because they’re so fragile they break down when things don’t go their way. The question posed was this: Could it be that by protecting our kids from unhappiness as children, we’re depriving them of happiness as adults? Here’s how psychiatrist Paul Bohn answered:

“Many parents will go to do anything to protect their kids from even mild discomfort, anxiety, or disappointment—’anything less than pleasant’—with the result that when, as adults, they experience the normal frustrations of life, they think something must be terribly wrong.”

Why am I sharing this information? Because I think it’s relevant in this age of helicopter parenting. While I find it great that today’s parents are more invested in their children’s lives than previous generations, our involvement can go overboard. What we may justify as “good parenting” can hurt our children later. Unless we’re mindful of that, it’s easy to handicap them by making their lives too easy.

As my favorite parenting philosophy goes: “Prepare your child for the road, not the road for your child.”

With this said, I’ve outlined 10 common pitfalls that parents today – me included – often make. My intention isn’t to point fingers but to raise awareness. What may be ingrained in our culture is not always in the best interest of our kids.

Mistake #10: Worshipping our children. Many of us live in child-centric communities. We’re raising our kids in child-centric homes. Our children love this, of course, because our lives revolve around them. And for the most part, we don’t mind either, because their happiness is our happiness. It thrills us to do for them, buy for them, and shower them with love and attention.

But I think it’s important to keep in mind that our children were made to be loved, not worshiped. So when we treat them like the center of the universe, we create a false idol, turning a good into an ultimate. Rather than kid-centric homes, we should strive for Christ-centric homes. Our children will still be loved, only in a better way, one that promotes selflessness over selfishness.

Mistake #9: Believing our children are perfect. One thing I often hear from professionals who work with children (counselors, teachers, etc.) is that parents today don’t want to hear anything negative about their child. When concerns are raised, even concerns voiced out of love, the knee-jerk reaction is often to attack the messenger. The truth can hurt, but when we listen with an open heart and mind we stand to benefit. We can intervene early before a situation gets out of hand. It’s easier to deal with a troubled child than repair a broken adult.

As a Children’s of Alabama psychiatrist recently told me when I interviewed her on teenage depression, early intervention is key because it can change the trajectory for the child’s life. She said that’s why she enjoys child and adolescent psychiatry – because kids are resilient, and it’s a lot easier to intervene effectively when they’re young instead of years later, when the problem has gone on so long it’s become incorporated into part of their identity.

Mistake #8: Living vicariously through our children. We parents take great pride in our children. When they succeed, it makes us happier than if we’d done it ourselves.

But if we’re overly involved and invested in their lives, it gets hard to see where they end and we begin. When our children become extensions of us, we may see them as our second chance. Suddenly it’s not about them, it’s about us. This is where their happiness starts getting confused with our happiness.

Mistake #7: Wanting to be our child’s BFF. When I asked a priest to name the biggest mistake he sees in parenting, he thought for a moment and then said, “Parents not being parents. Not stepping up to the plate to do hard things.”children2

Like everyone, I want my children to love me. I want them to sing my praises and appreciate me. But if I’m doing my job right, they’ll get mad and not like me sometimes. They’ll roll their eyes, moan and groan, and wish they’d been born into another family.

Seeking to be our child’s BFF can only lead to permissiveness and choices made out of desperation because we fear losing their approval. That’s not love on our end, that’s need.

Mistake #6: Engaging in competitive parenting. Every parent has a competitive streak. All it takes to stir this monster in us is another parent giving their child a leg up at our child’s expense.

I hear these stories a lot at the junior high and high school levels, stories of broken friendships and betrayals due to one family blindsiding another family. In my opinion, the root is fear. We fear our child will get left behind. We fear that if we don’t jump into the craziness, and pull out every stop to help them excel early, they’ll be stuck in mediocrity the rest of their life.

I believe children need to work hard and understand that dreams don’t come on a silver platter; they have to sweat and fight for them. But when we instill a “win at all costs” attitude, permitting them to throw anyone under the bus to get ahead, we lose sight of character. Character may not seem important in adolescence, but in adulthood it’s everything.

Mistake #5: Missing the wonder of childhood. The other day I found a Strawberry Shortcake sticker on my kitchen sink. It reminded how blessed I am to share my home with little people.

One day there won’t be stickers on my sink. There won’t be Barbies in my bathtub, baby dolls on my bed, or “Mary Poppins” in the DVD. My windows will be clear of sticky handprints, and my home will be quiet because my daughters will be hanging out with friends instead of nesting at home with me.

Raising small children can be hard, monotonous work. At times it’s so physically and emotionally exhausting we wish they were older to make our life easier. We’re also kind of curious who they’ll grow up to be. What will be their passion? Will their God-given gifts be clear? As parents we hope so, for knowing which strengths to nurture enables us to point them in the right direction.

But as we project into the future, wondering if our child’s knack for art will make them a Picasso, or if their melodic voice will create a Taylor Swift, we may forget to soak up the splendor in front of us: toddlers in footed pajamas, bedtime stories, tummy tickles, and elated squeals. We may forget to let our children be little and enjoy the one childhood they’re given.

For them it’s not about being productive, it’s about being present. It’s about dreaming big and squeezing the juice out of life. The pressures on kids start way too early. If we really want our kids to have a leg up, we need to protect them from these pressures. We need to let them have fun and grow at their own pace so 1) they can explore their interests without fear of failure and 2) they don’t get burned out.

Childhood is a time for free play and discovery. When we rush children through it, we rob them of an innocent age they’ll never pass through again.

Mistake #4: Raising the child we want, not the child we have. As parents we harbor dreams for our children. They start when we get pregnant, before the gender’s even known. Secretly we hope they’ll be like us, only smarter and more talented. We want to be their mentor, putting our life experiences to good use.

But the irony of parenting is that children turn our molds upside down. They come out wired in ways we never anticipated. Our job is to figure out their inherent, God-ordained bent and train them in that direction. Forcing our dreams on them won’t work. Only when we see them for who they are can we impact their life powerfully.

Mistake #3: Forgetting our actions speak louder than words. Sometimes when my kids ask a question, they’ll say, “Please answer in one sentence.” They know me well, for I’m always trying to squeeze life lessons into teachable moments.

I want to fill them with wisdom, but what I forget is how my example overshadows my words. How I handle rejection and adversity…how I treat friends and strangers…whether I nag or build up their father….they notice these things. And the way I respond gives them permission to act the same

If I want my children to be wonderful, I need to aim for wonderful, too. I need to be the person I hope they’ll be. storms2

Mistake #2: Judging other parents – and their kids. No matter how much we disagree with someone’s parenting style, it’s not our place to judge. Nobody in this world is “all good” or “all bad”; we’re all a mix of both, a community of sinners struggling with different demons.

Personally, I tend to cut other parents more slack when I’m going through a hard spell. When my child is testing me, I’m compassionate to parents in the same boat. When my life is overwhelming, I’m forgiving of others who slip-up and let things fall through the cracks.

We never know what someone’s going through or when we’ll need mercy ourselves. And while we can’t control judgmental thoughts, we can cut them short by seeking to understand the person instead of jumping to conclusions.

Mistake #1: Underestimating CHARACTER. If there’s one thing I hope to get right in my children, it’s their CORE. Character, moral fiber, an inner compass….these things lay the foundation for a happy, healthy future. They matter more than any report card or trophy ever will.

None of us can force character on our kids, and at age 10 or 15, character won’t mean much. Children care about short-term gratification, but we, as parents, know better. We know that what will matter at 25, 30, and 40 is not how far they once threw the football, or whether they made cheerleader, but how they treat others and what they think of themselves. If we want them to build character, confidence, strength, and resilience, we need to let them face adversity and experience the pride that follows when they come out stronger on the other side.

It’s hard to see our children fall, but sometimes we have to. Sometimes we have to ask ourselves whether intervening is in their best interest. There are a million ways to love a child, but in our quest to make them happy, let us stay mindful that sometimes it takes short-term pain to earn long-term gain.

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